La Guerra de Independencia 1808-1814

Un ejercicio de léxico y comprensión para conocer un fragmento de la obra de Benito Pérez Galdós y el héroe de la Guerra de Independecia Juan Martín El Empecinado

Juan Martín el Empecinado

Yo tenía suma curiosidad de ver al famoso Empecinado, cuyo nombre resonaba en aquellos tiempos con estruendo glorioso en toda la península. No tardé en satisfacer mi curiosidad, porque don Juan Martín salió de su alojamiento para visitar a los heridos. Cuando se presentó delante de su gente, advertí el gran entusiasmo y admiración que a ésta infundía, y puedo asegurar que el mismo Bonaparte no era objeto, por parte de los veteranos de su guardia, de un culto tan ferviente.
Era don Juan Martín un hércules; de estatura poco más que mediana, organización hecha por la guerra, persona de considerable fuerza muscular, cuerpo de bronce, que encerraba la energía, la actividad, la resistencia, la contumacia, el arrojo frenético del mediodía junto con la paciencia de la raza del norte. Su semblante, moreno amarillento, color propio de castellanos asoleados y curtidos, expresaba aquellas cualidades. Sus facciones eran más bien hermosas que feas, los ojos vivos, y le pelo, aplastado en desorden sobre la frente, se juntaba a las cejas. El bigote se unía a las cortas patillas, dejando la barba limpia de pelo, afeite a la rusa, que ha estado muy en boga entre guerrilleros.
Envolvíase en un capote azul que apenas dejaba ver los distintos de si jerarquía militar, y su vestir era, en general, desaliñado y tosco, guardando armonía con lo brusco de sus modales. En el hablar era tardo y torpe, pero expresivo, y a cada instante demostraba no haber cursado en academias militares ni civiles. Tenía empeño de despreciar las formas cultas, suponiendo condición frívola y adamada en todos los que no eran modelo de rudeza primitiva y sí de carácter refractario a la selvática actividad de la guerra de montaña. Sus mismas virtudes y su benevolencia y generosidad eran ásperas como plantas silvestres que contienen zumos salutíferos, pero cuyas hojas están llenas de pinchos.
Al regresar de la visita de los heridos, envionos a mi compañero y a mí orden de que nos presentásemos a él. Después de tenernos en pie en su presencia un cuarto de hora sin dignarse mirarnos, fija su atención en los despachos que redactaba un escribiente, dijo con muy mal talante:
Estos renglones están torcidos…¡Qué dirá el general cuando tal vea! Pon muy claro y en letras gordas eso de obedeciendo las órdenes de vuecencia…pues. Pon luego: participo a vuecencia y pongo en conocimiento de vuecencia; pero son estos muchos vuecencias juntos…
El Empecinado se rascaba la frente buscando inspiración.
– Bueno, ponlo de cualquier modo. Ahora sigue…que hallándonos en Ateca el general Durán y yo…Animal, Ateca se pone con h…; eso es, que hallándonos en Ateca risolvimos…está muy bien, risolvimos, con dos erres grandes a la cabeza…, así se entiende mejor… atacar a Calatayud… Calatayud también se pone con h…, no, me eqiovoco. ¡ Maldita gramática!
Luego, volviéndose a nosotros, nos dijo:
Aguarden ustedes un tantico, que estoy dictando el parte de la gran acción que acabamos de ganar.
Emprendiéndola de nuevo con el escribiente, prosiguió así:
– Sigamos. Yo (coma) no llevaba conmigo (coma) más que la mitad (coma) de la gente (dos comas) .
– No son necesarias tantas comas – replicó con timidez el escribiente.
– La claridad es lo primero – dijo el héroe -, y no hay cosa que más me enfade que ver un escrito sin comas, donde uno no sabe cuándo ha de tomar aliento. Bien; puedes comearlo como quieras… Reuníamos entre todos cinco mil hombres… ¿Hombre con h? Me parece que se pone sin h… No estoy seguro. En el infierno debe de estar el que inventó la otografía , que no sirve más sino para que los estudiantes y los gramáticos se rían de un general. El veintiséis de setiembre, entre dos luces, aparecimos Durán y yo sobre Calatayud y les sacudimos a los franceses una fuerte paliza…
– Eso de la paliza – dijo el escribiente mordiendo la pluma – no me parece tampoco muy propio.
– Hombre, tienes razón – repuso el Empecinado rascándose la sien y plegando los párpados -. Pero es lo cierto que no sabe uno cómo decir las cosas para que tengan brío… En los oficios se han de poner siempre palabritas almibaradas, tales como embestir, atacar, derrotar, y no se puede decir les sacudimos el polvo, ni les despachurramos, lo cual, al decirlo, parece que se le llena a uno la boca y el corazón. Escribe lo que quieras… Ahora descansemos, y un cigarrito.
                                                                                             Benito Pérez Galdós, “Juan Martín el Empecinado”

ACTIVIDADES

1. Formula preguntas sobre el texto.

2. Da sinónimos y antónimos de las palabras en cursiva y parafrasea las expresiones en negrita.

3. Transforma en estilo indirecto el siguiente diálogo:

-¿Con que parece que se los llevan? -me dijo. -¿A los infantes? Eso dicen; pero te aseguro, Chinitas que eso me tiene sin cuidado. -Pues a mí no. Hasta aquí llegó la cosa, hasta aquí aguantamos, y de aquí no ha de pasar. Tú eres un chiquillo y no piensas más que en jugar, y por eso no te importa. -Francamente, Chinitas, yo tengo que ocuparme demasiado de lo que a mí me pasa. -Tú no eres español -me dijo con gravedad. -Sí que lo soy -repuse. -Pues entonces no tienes corazón, ni eres hombre para nada. -Sí que soy hombre y tengo corazón para lo que sea preciso. -Pues entonces, ¿qué haces ahí? ¿No tienes armas? Coge una piedra y rómpele la cabeza al primer francés que se te ponga por delante. […] Yo me encogí de hombros, no comprendiendo por qué estábamos sin Rey y sin más gobierno que los cuatro carcamales de la Junta. -Gabriel -me dijo mi amigo después de un rato- ¿te gusta que te manden los franceses, y que con su lengua que no entiendes, te digan «haz esto o haz lo otro», y que se entren en tu casa, y que te hagan ser soldado de Napoleón, y que España no sea España, vamos al decir, que nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino como el Emperador quiera que seamos? fragmento de «El 19 de marzo y el 2 de mayo» Episodios nacionales. Benito Pérez Galdós

4. Corrige los 12 errores

Juan Martín el Empecinado es el prototipo del guerrillero español. Sus audases azañas le valieron el ascenso a capitan y a brigadier. Comenzó a actuar contra los franceses el mes de abril de 1808, antes del estalido popular del 2 de mayo. Su pequeño grupo de guerrilleros fué aumentando al mismo tiempo que su fama, y al terminar la guerra mandaba una divición. Era el primero en el combate y el último en la retirada. Fue siempre magnanimo con los prisioneros y respetó sus vidas. Hasta sus mismos enemigos le admiraban. De ideas liberales, protestó ante Fernando VII cuando suspendió la Constitución de 1812, por lo que fue desterado a Valladolid. Repuesto Fernando VII en sus poderes absolutos en 1823, “El Empecinado” se refugió en Portugal, de donde regresó con permiso del rey. Aprezado por el corregidor de Riva, fue sometido al escarnio público encerado en una jaula. El 19 de agosto de 1825 fue conducido a la horca. Logró romper sus esposas y se lanzó contra la tropa, pero, cocido a ballonetazos, su cadáver fue ahorcado.

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